Lets’s Get Lost. Algo más que sexo, drogas y jazz

Confieso que cuando entré a ver esta película poco o nada sabía sobre la respetada figura de Chet Baker, lo justo sobre música jazz y algo más acerca del magnífico fotógrafo y artista Bruce Weber que firma este documental rodado en 1988.

Gracias a que ahora se reestrena, para satisfacción de entendidos y profanos en esto del jazz, en los cines Verdi de Madrid, podemos disfrutar de este apasionante retrato humano salpicado de anécdotas y curiosidades.

El documental ofrece un deleite de poderosas imágenes que giran en torno a la figura del trompetista, cantante y sobre todo seductor que fue Chet Baker.

Chet y el misterio alrededor

Este, firmó sin saberlo (murió un año después en Ámsterdam) esta especie de “epílogo” visual sobre su salvaje modo de ver y vivir la vida. Su vida.

A sus 57 años (empapados en alcohol) y con el rostro anguloso, esculpido a base de golpes reales y emocionales, y machacado por los excesos de la heroína, este genio indiscutible ejerce, sin pudor y de manera consciente, toda su maquinaria de seducción desplegando sobre el espectador una gran fuerza de atracción casi hipnótica.

Desde su primera aparición, Baker es un imán que inocula, con su presencia desde la pantalla, su veneno al espectador más avezado o incauto, y claro, para disfrutar hay que dejarse seducir y vampirizar.

Chet con Chet

Es importante subrayar que ayuda y mucho a que esta fórmula funcione su hilo susurrante de voz. Una voz suave y  lánguida, como el sonido que sacaba de su trompeta, y a su vez  también ayudan el brillo de unos ojos que parecen haber contemplado en primera línea de fuego el abismo del mismísimo infierno.

La propuesta cinematográfica que marca Weber, dejando que el protagonista hable a cámara, cante, toque la trompeta o fume con total libertad, acaba dibujando un estilo con cierto toque mágico o etéreo, como si nosotros nos uniéramos al viaje (no en tren precisamente) personal del  protagonista, haciéndonos partícipes de lo humano y divino que pueda llegar a tener la radiografía expuesta de un alma atormentada.

Bruce Weber, artífice de esta joya

Destacaría, desde un punto de vista más técnico, de este lienzo testimonial el trabajo brillante de  la cámara del director de fotografía Jeff Preiss,  que retrata en un precioso blanco y negro (muy contrastado y en ocasiones llevado al límite) esta obra inclasificable e imprescindible que funciona y seduce, y 21 años después de su estreno sigue cosechando adeptos y adictos.

 

Susurrante metal doloroso

 

 



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